El cuento y los poemas siguientes están contenidos en el libro "De la hebra final".
Reg.Prop. intelectual nº 182 805 - ISBN: 978-956-332-159-3
Los siguientes textos corresponden a A.Klein Z.
La Fiesta
Cansado de caminar y resignado a pasar la noche en cualquier sitio, vi aparecer de pronto en el recodo del valle, como un dibujo, ese pueblo pequeño, ausente en mi mapa de ruta.
Encaramado en la ladera boscosa, unas cuantas casas dispersas y un atisbo de plaza cruzada de senderos invadidos por la maleza.
Un letrero desvencijado con una flecha de dirección imprecisa indicaba: “Hotel”, mientras, como un volantín enredado, ya sin vuelo, giraba un papel coloreado invitando a la fiesta de ese sábado.
Eran casi las cinco de la tarde y por curiosidad, y en parte por cansancio, me aventuré por la huella en el potrero siguiendo la dirección señalada.
Era una posada, si así se puede llamar. Unas cuantas ventanas en el piso de arriba y, al entrar, un comedor oscuro, unas mesas y una puerta entreabierta hacia un recinto que seguramente era la cocina.
Me indicaron una habitación que miraba al valle. Me imaginé una noche con un sueño reparador y el calor del sol al amanecer. Era un buen sitio.
Dormité un rato y me levanté decidido a dar una vuelta al lugar.
Bajé con la intención de pedir algo para comer, una fruta quizá, y me encontré con un ambiente diferente: manteles rojos cubrían las mesas y una joven ordenadamente vestida arreglaba unas flores.
―Sí, efectivamente, preparo la fiesta de esta noche ―me dijo casi en silencio.
Salí unos momentos, pero el frío cordillerano de la tarde me hizo regresar al poco rato. A insinuación de la joven de las flores me instalé en la mesa junto a la ventana, donde la muchacha ―con diligencia― me sirvió una comida sencilla, mientras se escuchaba una y otra vez una colección de boleros.
A pesar de transcurrir el tiempo, sólo yo y la joven estábamos en el lugar.
En un momento, mientras me distraía observando el consumirse en quejidos de los troncos de la chimenea, se acercó y me dijo que, si deseaba hacerlo, podía bailar con ella.
Junto a ella, durante el baile, observé sus ojos luminosos y la tranquila belleza de su rostro.
―¿Qué pasó con los demás invitados? ―pregunté.
La sonrisa brillaba en su cara, demorando deliciosamente sus palabras.
―No siempre es así. Cada semana cuelgo el letrero allá abajo, preparo la casa para la fiesta, visto de rojo esas antiguas mesas, pero nunca acude un invitado._
_____________________________________________.
Viento de ciudad
A veces
cuando los inviernos
se enseñorean en la ciudad de los edificios,
los corceles del viento se arremolinan
entre los bloques de vidrio y de concreto.
Se aceleran desbocados
levantando los vestidos
y burlándose de los paraguas.
Entonces,
el viento norte
elige a las muchachas más bellas
y las lleva en ancas
como hacían los guerreros ancestrales.
Las jóvenes corren sujetándose el pelo
confundidos los tacones y los cascos en la lluvia
se refugian por momentos en los dinteles
hasta que pasa el último caballo blanco.
A.Klein Z.
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Regreso a la ciudad vieja
"Yo no reconozco estas calles. Quizás es la ciudad la que me recuerda"
(R.Benius)
Es extraña esta ciudad
casi antigua.
Cuando camino por sus calles
escucho fantasmas desde las ventanas.
Escriben mensajes en el vaho de los cristales
y me hablan de otros nombres.
Pienso que es extraña esta ciudad,
donde mis pisadas tropiezan con mis propias huellas,
puestas hace milenios
al borde de las veredas.
Son extrañas las casas
el laberinto de sus jardines
la bicicleta botada en el pasto
el niño que mira.
En esa calle,
tras los postigos entreabiertos
asoman jovencitas de colores tenues
Me saludan con manos celestes
y me invitan a no pasar de largo
mientras la boca les sonríe de besos,
justo ahora,
cuando son sólo fantasmas.
Pienso que es extraña esta ciudad,
y es extraño
que parezca conocerme tanto.
Ahora
cuando yo la he olvidado.
A.Klein Z.
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