lunes, 29 de noviembre de 2010

Poemas: "City tour" - "Mortal capricho"

Los poemas siguientes forman  parte del  libro  "De la hebra final"
(Reg.Prop. intelectual nº 182 805 - ISBN: 978-956-332-159-3).

Estos poemas pertenecen a Mario Rodríguez.  Su publicación en este sitio cuenta con la autorización del autor.

City tour
El  city tour  por  Santa Cruz
fue de lo más interesante.
Fotografiamos:
un amanecer que cruza la calle a toda prisa
un enanito negro conduciendo un Mercedes
y dos gatos albinos
repartiendo pescado a domicilio.

En la plaza
Mamá leía cuentos a unos niños
mientras escapan de las páginas
chincoles, payasos y un grillo cojo.

Sólo el chofer del bus
permanece impasible:
Nada nuevo
en el recorrido de hoy.
(Autor: Mario Rodríguez)
   

Mortal capricho
I

La Muerte dejó la lectura
y se puso a meditar.
Tantos años en esta faena
que empezaba a sentirse de verdad agobiada.
Además que muchos ya la han acusado
por generar
una inmensa pérdida de tiempo.

Consideró calmadamente el caso
y tomó su determinación:
a fines de este año
sí que presentaría su renuncia
¡indeclinable!

II

Hoy amaneció la Parca
con ganas de andar en moto.
La suya estaba en revisión técnica,
pero igual se vistió
tomó sus documentos
y se puso el casco.

Ya en la calle
y en el momento oportuno
ante un gesto suyo
el motorista y el furgón...
La moto quedó intacta,
montó y se alejo feliz por la populosa avenida.


III

Pasaba el tiempo y la Muerte
acariciaba un sueño no cumplido:
participar en un desfile de modas.
No quería perdérselo.
Total, figura tenía.
Lo demás
era contar con algunas pelucas
un buen maquillaje
y alguno de esos maravillosos vestidos
de Giorgio Armani.
No lo pensó más y tomó su rumbo.

En el camarín de las modelos
la histeria era total:
a punto de iniciarse el desfile
la top model super star
después de sorber su jugo de pomelo
cayó tendida sobre un montón de zapatos
para ya no levantarse más.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Poemas: "La confusión de los ángeles", "Era antes" y "Credo hereje"

Los poemas que se muestran a continuación pertenecen a A.Klein Z. Del libro "De la hebra final" del grupo Literus.

Reg.Prop. intelectual nº 182 805 - ISBN: 978-956-332-159-3

La confusión de los ángeles
(Referencia a Lucas 17: 34-35 )

Al final,
en extraño coloquio
la soledad y la compañía más cercana
el bien y el mal
se deslizan y abrazan con sus cuerpos desnudos.
Se besan
y confunden sus brazos y sus piernas
en un monstruo de dos cabezas.
Palpita el alma
con sus dos corazones a destiempo
confundiendo todos los juicios
y evadiendo a los ángeles segadores
de la última cosecha.



Era antes

Hubo un tiempo ajeno,
en que los muertos se acercaban
invisibles
y los ángeles deslizaban sus palabras lentas
por las rendijas de las piedras,
o enviaban mensajes cifrados
cayendo de los árboles
como hojas mensajeras.

Hoy,
nadie escucha sus palabras antiguas
y los susurros se confunden con el tráfico.

Poco a poco
el muro se ha vuelto infranqueable
y la escala hacia las nubes (*)
yace olvidada entre los matorrales,
inútil.
(*) Génesis 28: 12



Credo hereje

Creo:
en el libre mercado
la sociedad de consumo
la asignación óptima de los recursos
y la ley antimonopolios.

Creo en la justificación de los medios
por los fines de lucro
en el mercado perfecto,
la separación de la Iglesia del Estado
el ejército no deliberante,
y la democracia representativa.

Creo en la ciencia;
la tecnología de punta;
el horno de microondas;
el software en Internet,
la tarjeta de crédito.
Espero el trabajo "at home"
y el pleno empleo en sillas de playa.

Creo en los ecologistas,
los ecozones,
las hidroeléctricas sin agua ni represas,
la conquista de China por la diet Coca Cola,
los celulares sin antenas
y los camiones catalíticos
llevando bosques a las estufas.

Creo en la aldea global
en suprimir la pobreza por software.
Creo en el genoma,
las células madre
los niños de probeta,
y los embriones desechables
esperando en el limbo la clonación del cielo.

Pero,
por si acaso,
me reservo el derecho sagrado a la herejía
y a creer, al fin,
(si Dios lo permite),
sólo en la pena y en la risa.

(A.Klein Z.)

viernes, 26 de noviembre de 2010

Siete poemas de María Paz Silva (De la hebra final)

Los siguientes poemas pertenecen a María Paz Silva y son algunos de los publicados en el libro "De la hebra final"

(Reg.Prop. intelectual nº 182 805 - ISBN: 978-956-332-159-3).



Su publicación en esta página cuenta con la autorización de la autora.



Caducidad

Tengo el boleto
4b reservado
esta vez no hay cambio
lo tomo o lo dejo

una tarde más
y no puedo

el que me acompaña
viajará esta vez

de seguro más osado
de seguro a la estación
donde por más que intento
no llego


No salen palabras

No salen palabras
de esta vacía boca
o quizá hoy diré,
de esta vacía vida
que arrastra perros sarnosos por el parque
a las tres y cuarto del reloj central

Al salir,
la escalera del edificio se convierte
en una estación sangrienta
llena de buenas intenciones fallidas,
cuando llega el alba sin sol ni nubes

Es de esos días grises
ideados para recordar lo absurdo
de esta horrible existencia,
llena de inconfesables momentos
restregados en la planta
de cada pie descubierto
al primer timbre del despertador
que anoche ―esperanzada­―
dejé puesto antes de dormir

En el museo
En el museo
por los pasillos
tras cada vitrina
te encontré en gris

Empolvando el tiempo
de nuestra historia
que no tuvo lanzamiento,
ni párrafo introductorio,
focos encendidos o grandes emblemas

Nada que explique al público
que fuimos lo que fuimos
y en algún indefinido momento
dejamos de existir

Intento fallido
Desabotono tu cuerpo
sintiendo el ruido ojalado 
de cada movimiento
abres lo mío
pero ahí te quedas
en tres botones

ni uno más

Imágenes estelares

Te di los días que vieron mis ojos
no quisiste entender
no fue suficiente
todas mis sombras te las llevaste
por eso cada noche
cuando viene el recuerdo
acuchillo estrellas en tu nombre
armo constelaciones con cada lágrima
y veo tristemente
cómo tu imagen se va
por uno de esos agujeros negros
que nadie logra descifrar


Dolor ancestral

Trenzo una escalera
con los vestigios de mi piel
lacerada por jirones de dolor
entrecortada por grietas de ausencias
que no me dejan armar cada escalón

Nada parece quedar del día del adiós
ni una sola palabra para recordar
el sonido de tu voz en fa

Otra vez tiemblo y no es de frío

Secuencia
Yo me baño de viento
me oculto en soledad
donde la luz
se descompone en palabras

Yo me visto de viento
con nuevos harapos
que ocultan
mi cansada figura

Yo me duermo en el viento
prisionera de la brisa
que lo trae hasta mí
desfigurado
de tanto venir a visitarme

(poemas de María Paz Silva)

jueves, 28 de octubre de 2010

Poemas: "Luna nueva" - "Rincón" - "A partir de Dalí" - "30 de Septiembre"

Los poemas que se muestran a continuación, pertenecen a Mario Rodríguez H. y son parte de la colección publicada en el libro "De la hebra final". Su publicación en este sitio cuenta con la autorización del autor.

(Reg.Prop. intelectual nº 182 805 - ISBN: 978-956-332-159-3).

Luna  nueva


La luna nueva salió a tocar
todos los timbres del parque:
quería
que le abriera la puerta
ese pájaro cuyo plumaje es de música.

Y son de silencio sus pasos
y su deslizarse entre sombras
y duras piedras de la noche.

La luna avanza impaciente
y ya fatigada
se tiende en la laguna.

Y entonces sueña
que es una niña
que jugando
salió a tocar
todos los timbres del parque
porque quería que le abriera la puerta
ese pájaro.




Rincón

En el rincón de los juguetes
se deposita el silencio;
los pequeños soldados
en lidiar con las milicias del polvo
destiñeron sus banderas
y los caballos del carrusel
ya no corren como antes.

Impaciente la luz, ronda
interroga:
y si no está su dueño
¿quien cuidará estas cosas?
Pues ellas
durarán más allá de nuestro olvido,
no sabrán nunca que nos hemos ido*.

*  cita: J. L. Borges


A partir de Dalí

Ella paseaba las orillas
de un mar vertical
en donde los granos de arena
mostraban en su reverso
paisajes todavía palpitantes.

Y ella los iba eligiendo
con renovado deleite
para separar las páginas
de su álbum de horas.

Y en la portada iría
ese árbol de color desconocido
en cuyas hojas
se reflejan los pájaros.

30 de septiembre

Lo  recuerdo:
fue un 30 de septiembre
cuando me amarré a las nubes
desde la cima mayor
de la Isla La Roqueta.

El cielo se mostraba como una mente azul;
perdido entre las estrellas
vi girar esperanzas
soles recién nacidos,
vi cantar las esferas
y tiempos todavía palpitantes.

Siete años de aventura
y regresé a mi casa.
Desde entonces
sólo salgo los días en que hay viento
y únicamente puedo caminar
a diez centímetros del suelo.

(poemas de Mario Rodríguez H.) 

martes, 19 de octubre de 2010

Visita a la bella durmiente

Este cuento está incluido en  el libro "De la hebra final" del Grupo Literus. (Reg.Prop. intelectual nº 182 805 - ISBN: 978-956-332-159-3).

Este cuento obtuvo el Primer Lugar en el III Concurso Intercomunal de Cuentos Adulto Mayor. Municipalidad de Providencia. Agosto 2007.


La publicación de este cuento en este Blog, cuenta con la autorización del autor.

Visita a la bella durmiente.
«El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen.» (Gabriel García Márquez. “Memoria de mis putas tristes”).

«No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.» (Yasunari Kawabata. “La casa de las bellas durmientes”).


Después de vencer sus últimos temores y reservas, y exhalando un suspiro, don Anselmo presionó el timbre de la casa situada a algunas horas de la ciudad. Sin demora, fue conducido al interior de la discreta residencia, sin serle formulada pregunta alguna. La noche se sentía tibia. Cruzó un jardín, bañado por la tenue luminosidad plateada de una luna llena, notando que era hermoso y muy bien cuidado. Al mismo tiempo, oyó el sonido armonioso del agua que saltaba y caía de una fuente que no pudo ver, por estar ubicada en algún lugar que no logró situar con exactitud. Una suave brisa nocturna agitaba las hojas de unos altos árboles vecinos, llenando el ambiente de rumores y complicidades indulgentes. Todo el lugar transmitía una adormecedora sensación de paz, belleza y serenidad.


―Su amigo me ha asegurado que usted es un caballero en quien se puede confiar, y que no cometerá ninguna acción indebida o de mal gusto ―dijo la mujer madura ante la cual había sido conducido.


La mujer estaba vestida con discreción, sería fácil confundirla con una dueña de casa de clase acomodada. Sus modales y modo de hablar denotaban roce social. Parecía dominar y conocer la situación, pues su rostro mostraba una actitud amable y comprensiva. Sin embargo, la frialdad de su mirada demostraba que su actitud frente a Anselmo sería absolutamente impersonal. Era seguro que no haría preguntas de ninguna naturaleza.


―La muchacha ya está dormida y lo espera en su habitación. Pasará la noche con usted, pero no se despertará en ningún momento, pues está narcotizada. Puede hacer lo que quiera con ella, siempre que no le haga daño. Esa es la regla inviolable de esta casa. Nuestros huéspedes son caballeros de edad, y a todos se les exige lo mismo. Sólo aceptamos personas de confianza. A primera hora de la mañana se le servirá su desayuno, y usted deberá retirarse antes de que ella despierte. No debe saber con quién pasó la noche.


La mujer le sirvió una taza de té con azúcar y galletas, que lo ayudó a tranquilizarse. No parecía tener apuro y lo esperó con paciencia. Anselmo aprovechó de examinar el lugar. Al igual que el jardín, estaba arreglado con pulcritud y refinamiento. Sin ser lujoso, se veía acogedor y tranquilo. Anselmo reconoció que se estaba sintiendo a gusto, aunque no imaginaba todavía cómo resultaría su aventura. Terminó de beber su té y miró a la mujer.


―Si gusta puede pasar de inmediato.


Una escalera lo llevó a una habitación del segundo piso. La habitación no era muy grande y no había nadie allí, pero una puerta entreabierta sugería el acceso a la habitación en que esperaba la muchacha dormida. La mujer verificó que todo estuviese en orden, antes de entregarle la llave de acceso al recinto.


―Puede desvestirse en esta pieza y ponerse esta bata, si ello le acomoda, pero en realidad no la necesitará pues todo el ambiente está calefaccionado. Tenga la seguridad de que nadie lo importunará. Si llegase a necesitar algo aquí hay un timbre, y si tiene dificultades para conciliar el sueño, encima del velador encontrará dos pastillas de somnífero.


Anselmo quedó solo. Tenía mucha curiosidad, de modo que se desvistió con una calma que no reflejaba el nerviosismo que de nuevo se había posesionado de sus sentidos. Maquinalmente se puso la bata y a continuación, avanzando con timidez, se dirigió a la habitación vecina. Abrió la puerta y se introdujo en la habitación. Traspasado el umbral, un impulso instintivo lo hizo cerrar la puerta.


La habitación era amplia pero llena de intimidad, bañada por una suave luz proveniente de lámparas disimuladas con habilidad. La decoración sencilla se notaba esmerada, y de muy buen gusto. Debió reconocer que el ambiente era grato y acogedor, y estaba impregnado de una fragancia delicada. En una cama amplia y cómoda, una muchacha desnuda, dormía profundamente. La sábana que en un principio debió cubrir su cuerpo, se había deslizado hacia un lado, dejando descubiertos unos pechos redondos y túrgidos de, quién sabe, inocente juventud.


Anselmo avanzó silencioso, temiendo despertarla; aunque se le había asegurado que eso era imposible que ocurriese. La miró con atención. Era bonita y muy, muy joven. Aunque ya estaba en la plenitud de su vida, a lo sumo tendría dieciocho años. Su rostro sereno evidenciaba un sueño tranquilo y relajado. ¿Qué sueños tendría? ―se preguntó Anselmo― ¿Tendría conciencia de que estaba sola a merced de un hombre que podría hacerle cualquier cosa, incluso quitarle la vida?


Se sentó en una esquina de la cama, y con la mirada recorrió el lugar. Descubrió que no tenía apuro, y que deseaba vivir su experiencia con tranquilidad. Aguzó el oído y sintió el rumor de las hojas que la brisa agitaba en el jardín, distinguiendo a ratos el alegre sonido del agua que brotaba incesante de la fuente escondida. Aspiró el perfume que parecía provenir del cuerpo de la joven. Sonrió, se sentía relajado. Con lentitud se acercó a la muchacha y acercó la nariz aspirando la tibieza que emanaba de su cuerpo. Sí, su cuerpo entero estaba impregnado de fina fragancia, que le llenó la cabeza de imágenes y fantasías cargadas de erotismo. Ella dormía serena, ajena a la proximidad de su acompañante. Con delicadeza le besó los pechos y se los palpó con manos un tanto inseguras, dejándose electrizar por la sensación del tacto. Notó que sus manos de piel arrugada y áspera contrastaban con la suave tersura de la piel que acariciaba. Cerró los ojos y deslizó rostro y labios por las ondulaciones y suavidad de aquel cuerpo tibio y fragante. La muchacha pareció suspirar dentro del sueño, y se giró ligeramente hacia un lado.


Anselmo empezó a reconciliarse consigo mismo. Cuando supo que los huéspedes de ese lugar eran hombres de edad ―caballeros de confianza, como se le había recalcado―, rechazó casi por instinto que él podría ser uno de ellos. No se consideraba anciano. Todavía no aceptaba la realidad de su decrepitud. Aunque a veces tenía días grises, en que amanecía sin ánimo de hacer nada, lo atribuía a la tensión del ambiente, al tipo de vida que de modo inevitable tenía que afrontar en la ciudad ―a la postmodernidad como estaba de moda decir. Pero estaba seguro que, si se le presentaba un desafío interesante, podría aplicarle las mismas energías con que había abordado los afanes de su vida. Sí, de eso no tenía dudas. Pero ahora, frente a esa muchacha desnuda, bella y deseable, tan cerca de sus manos, pero al mismo tiempo tan lejos de él, empezó a comprender y asumir la miseria y precariedad de su estado.


Sus más recientes experiencias con mujeres no había sido gratas; más bien, habían sido francamente desagradables y frustrantes. Todavía resonaba en sus oídos la risa de la mujer ante quien su virilidad no había respondido, debiendo asumir la vergüenza de su impotencia a rostro descubierto. «No te preocupes ―había dicho ella, sin éxito, tratando de consolarlo―, le pasa a muchos». Pero él sabía que de allí en adelante eso le pasaría cada vez con más frecuencia. Iba a ser su condición natural. Se había apoderado de él el temor a que la experiencia se repitiese, y desde entonces había evitado toda iniciativa. Pero su alma solitaria seguía necesitada de esas tibiezas, suavidades e incitaciones que sólo se encuentran en el cuerpo de una mujer joven. Todavía soñaba con el contacto cálido de un abrazo prolongado, con caricias, ternura. Ojalá pudiese amar a alguna, hablarle y contarle de sus soledades, llorar incluso, ¿por qué no? Pero eso era imposible. La diferencia de edades era un obstáculo infranqueable. La misma muchacha que estaba a su lado y que se dejaba acariciar sin oponer resistencia, lo rechazaría con repugnancia si estuviese consciente. ¡Viejo asqueroso! Es lo menos que su alma aprisionada frente a él, reclamaría angustiada. Sabía que eso era siempre así. Pero nunca imaginó que algún día le pasaría a él.


Era injusto que el envejecimiento del cuerpo fuese más rápido que del alma. ¿Por qué seguía soñando como un adolescente cuando su cuerpo ya estaba marchito? ¿Sería acaso una manera de alejarlo de esas obsesiones de muerte que a veces lo angustiaban en sus largas noches de insomnio? Tal vez eso era lo mejor que podía ocurrirle. Tal vez, de no ser así, ningún hombre podría soportar la carga de su vejez. Sí, a fin de cuentas era preferible de ese modo.


Era necesario entonces que la muchacha estuviese dormida. No había otra posibilidad de aproximación para él fuera de ese estado. Sólo así podría expresarse sin perder su dignidad; sin inspirar lástima ni desprecio.


Anselmo se quitó la bata y se acostó junto a la muchacha. Aunque no sentía frío se cubrió con la sábana y se aproximó a ella, sintiendo su aliento y compartiendo la tibieza de su cuerpo. La acarició con suavidad y confianza mientras recordaba una escena similar de su juventud. Una sensación ambigua lo embargó, pero era lo mejor a que podía aspirar ―pensó con un dejo de tristeza.


Tragó las píldoras de somnífero con un vaso de agua, y abrazando con la mayor delicadeza a la muchacha, que giró buscando una nueva posición dentro de su no interrumpido sueño, esperó tranquilo el efecto del sedante.


--------------- Autor: Patricio Patrickson

viernes, 15 de octubre de 2010

"La Fiesta" (cuento) y "Viento de ciudad" y "Regreso a la ciudad vieja" (poemas)

El cuento y los poemas siguientes están contenidos en el libro "De la hebra final".


Reg.Prop. intelectual nº 182 805 - ISBN: 978-956-332-159-3

Los siguientes textos  corresponden a A.Klein Z.

La Fiesta



Cansado de caminar y resignado a pasar la noche en cualquier sitio, vi aparecer de pronto en el recodo del valle, como un dibujo, ese pueblo pequeño, ausente en mi mapa de ruta.

Encaramado en la ladera boscosa, unas cuantas casas dispersas y un atisbo de plaza cruzada de senderos invadidos por la maleza.

Un letrero desvencijado con una flecha de dirección imprecisa indicaba: “Hotel”, mientras, como un volantín enredado, ya sin vuelo, giraba un papel coloreado invitando a la fiesta de ese sábado.

Eran casi las cinco de la tarde y por curiosidad, y en parte por cansancio, me aventuré por la huella en el potrero siguiendo la dirección señalada.

Era una posada, si así se puede llamar. Unas cuantas ventanas en el piso de arriba y, al entrar, un comedor oscuro, unas mesas y una puerta entreabierta hacia un recinto que seguramente era la cocina.

Me indicaron una habitación que miraba al valle. Me imaginé una noche con un sueño reparador y el calor del sol al amanecer. Era un buen sitio.

Dormité un rato y me levanté decidido a dar una vuelta al lugar.

Bajé con la intención de pedir algo para comer, una fruta quizá, y me encontré con un ambiente diferente: manteles rojos cubrían las mesas y una joven ordenadamente vestida arreglaba unas flores.

―Sí, efectivamente, preparo la fiesta de esta noche ―me dijo casi en silencio.

Salí unos momentos, pero el frío cordillerano de la tarde me hizo regresar al poco rato. A insinuación de la joven de las flores me instalé en la mesa junto a la ventana, donde la muchacha ―con diligencia― me sirvió una comida sencilla, mientras se escuchaba una y otra vez una colección de boleros.

A pesar de transcurrir el tiempo, sólo yo y la joven estábamos en el lugar.

En un momento, mientras me distraía observando el consumirse en quejidos de los troncos de la chimenea, se acercó y me dijo que, si deseaba hacerlo, podía bailar con ella.

Junto a ella, durante el baile, observé sus ojos luminosos y la tranquila belleza de su rostro.

―¿Qué pasó con los demás invitados? ―pregunté.

La sonrisa brillaba en su cara, demorando deliciosamente sus palabras.

―No siempre es así. Cada semana cuelgo el letrero allá abajo, preparo la casa para la fiesta, visto de rojo esas antiguas mesas, pero nunca acude un invitado.
_





_____________________________________________.

Viento de ciudad



A veces
cuando los inviernos
se enseñorean en la ciudad de los edificios,
los corceles del viento se arremolinan
entre los bloques de vidrio y de concreto.

Se aceleran desbocados
levantando los vestidos
y burlándose de los paraguas.

Entonces,
el viento norte
elige a las muchachas más bellas
y las lleva en ancas
como hacían los guerreros ancestrales.

Las jóvenes corren sujetándose el pelo
confundidos los tacones y los cascos en la lluvia
se refugian por momentos en los dinteles
hasta que pasa el último caballo blanco.



A.Klein Z.
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Regreso a la ciudad vieja

"Yo no reconozco estas calles. Quizás es la ciudad la que me recuerda"
(R.Benius)

Es extraña esta ciudad
casi antigua.

Cuando camino por sus calles
escucho fantasmas desde las ventanas.

Escriben mensajes en el vaho de los cristales
y me hablan de otros nombres.

Pienso que es extraña esta ciudad,
donde mis pisadas tropiezan con mis propias huellas,
puestas hace milenios
al borde de las veredas.

Son extrañas las casas
el laberinto de sus jardines
la bicicleta botada en el pasto
el niño que mira.

En esa calle,
tras los postigos entreabiertos
asoman jovencitas de colores tenues
Me saludan con manos celestes
y me invitan a no pasar de largo
mientras la boca les sonríe de besos,
justo ahora,
cuando son sólo fantasmas.

Pienso que es extraña esta ciudad,
y es extraño
que parezca conocerme tanto.

Ahora
cuando yo la he olvidado.



A.Klein Z.
--------------

La mancha escarlata (cuento)

Cuento perteneciente a Patricio Patrickson, integrante de Literus.


Este cuento obtuvo el Segundo Lugar, Género Cuento, en el Concurso Literario para Adultos Mayores. Municipalidad de Las Condes. Noviembre 2000.


La publicación de este cuento en este Blog, cuenta con la autorización del autor.
(Reg.Prop. intelectual nº 182 805 - ISBN: 978-956-332-159-3).


La  mancha  escarlata.

Antón Alekseich se levantó temprano, como todos los días. En el baño, mientras se afeitaba, notó que tenía una pequeña mancha escarlata en su mejilla derecha. No le dio importancia, pero cuando terminó de afeitarse observó desconcertado que la mancha aparecía ahora en su mejilla izquierda. Eso lo hizo dudar de su primera percepción.

Mientras desayunaba, observó que en su pulgar izquierdo tenía una especie de lunar pequeño, justo sobre la uña, de color rojizo. Podría decirse de color escarlata.


―Esto es lo último que faltaba ―murmuró con un dejo de contrariedad―. Ahora parece que estoy apestado.


Llevado por un súbito impulso, se dirigió al baño para mirarse la cara. Pero el espejo le devolvió una imagen como la de todos los días, sin nada en particular. Tenía la cara normal, sin mancha alguna.


―Debo estar medio demente, viendo visiones ―se dijo para sí.


Pero quedó preocupado. Tuvo la sensación de que algo se estaba gestando. Algo desconocido, sobre lo que no podía ejercer control alguno. Había que esperar. Pero, ¿esperar qué cosa? ¿Una crisis que definiera la situación, forzando un curso de acción? Tal vez. Él se consideraba hombre de acción y no le gustaba seguir pasivamente el curso de los acontecimientos. Prefería dirigirlos. O a lo menos, participar en su evolución y desenlace. Pero aquí sentía que no podía hacer nada. Ni siquiera tenía certeza de la existencia de las manchas. Se miró la mano, fijándose en el pulgar. No tenía nada. La mano estaba limpia. Regresó al baño, a mirarse en el espejo. Tenía una mancha escarlata sobre un párpado. El párpado del ojo derecho.


Decidió desentenderse del asunto. A lo mejor era reflejo o consecuencia de su estado nervioso. Había trabajado muy duro durante todo el año, y sabía que necesitaba un descanso. Pero ello, por ahora, no se veía posible. De modo que tendría que administrar la crisis con las reservas que le quedasen. Suspiró tratando de resignarse.


En la oficina no le dijeron nada. Pero eso no lo tranquilizó. Intuía que tenía algo y que ello probablemente sería observado por más de alguien. En una ocasión le pareció que la secretaria de su jefe quiso decirle algo, pero tuvo la sensación de que en el último momento prefirió callar, haciendo un comentario intrascendente. También le llamó la atención que el chistoso de la oficina le preguntase si ahora estaba usando tinta roja. Pero ese sujeto siempre hacía preguntas extrañas y esa podría ser otra más. De modo que optó por lucir una sonrisa neutra y responder que no.


Después de cenar su pollo frío con ensalada, se lavó y se miró en el espejo. Observó que tenía una mancha escarlata en el blanco del ojo izquierdo. Un estremecimiento lo hizo vacilar sobre sus pies. Empezó a preocuparse y a sentir síntomas de angustia. Tal vez estaba enfermo, y no era claro de qué. Nunca había oído hablar de manchas escarlatas que se desplazaban a lo largo del cuerpo. ¿Y si fuera una especie de larva que se desplazaba bajo la piel, parecida a las de la triquinosis? La perspectiva de una enfermedad así era definitivamente perturbadora. Pero a lo mejor era otra cosa. En todo caso, no sentía ningún dolor ni molestia en el lugar en que aparecía la mancha.


Se acostó y poco después se sumergió en un estado de sopor intranquilo, alternado por etapas de vigilia y ensoñación, en que se sueña o piensa lo mismo estando dormido o despierto. Atravesó espacios inexplorados y entró un mundo de color escarlata. Vagó sin rumbo y en un cierto momento se encontró obsesionado intentando descubrir qué hay debajo de una mancha. Cogió una entre sus dedos y trató de voltearla sin éxito para observar su parte inferior. Luego sintió la urgencia de averiguar qué había dentro de ella. Curiosamente parecía que nadie se había hecho antes esa pregunta. Era un tema por investigar. Pero la mancha, en un momento de descuido suyo, muy breve, logró escapar. No supo si se había sumergido en su mano o simplemente desaparecido.


Se despertó lleno de dudas. Era hora de levantarse para dirigirse al trabajo.


Se asomó a la ventana para mirar cómo venía el día que se iniciaba. Era un acto rutinario aprendido de su padre ―quien solía afirmar que los días hermosos y tristes se anuncian desde la madrugada―. Le llamó la atención ver estacionado frente a la puerta del edificio de su departamento, a un vehículo blanco, parecido a una ambulancia, con dos hombres en su interior, vestidos de blanco, pero con más aspecto de choferes de automóvil de personaje importante que de personal médico auxiliar. Un oscuro presentimiento se le anidó en el cerebro.


A las siete, sintió sonar el timbre. Acababa de terminar su desayuno. Eran los hombres del furgón. Con amabilidad le preguntaron si él era el señor Alekseich, aunque era evidente que estaban absolutamente seguros de que se trataba de él en persona. Ello lo inquietó. ¿Qué podría estar pasando? Le solicitaron les acompañase a un lugar ―que en su turbación no atinó a identificar―, para hacerle unas preguntas de rutina. Parecían indiferentes y no estar interesados en él.


―No, será algo corto. Se desocupará a tiempo para llegar a su oficina a la misma hora de siempre.


Pidió un par de minutos para ir al baño y luego ponerse una chaqueta.


―Por supuesto, salga como de costumbre. No queremos que se incomode.


Al mirarse en el espejo vio que tenía una mancha escarlata en la frente, junto a la sien derecha. ¿Y si lo retenían en ese lugar desconocido? ¿Y si lo declaraban apestado y lo encerraban en una pieza de hospital para casos anómalos? Descubrió que temblaba y lo dominaba una angustia que nunca antes había experimentado, y le hacía sentir su piel como la de las babosas: fría, húmeda, pegajosa. Notó que las fuerzas le flaqueaban. También sintió deseos de huir. Lejos, muy lejos. A un lugar al que no le llegaran recuerdos, sin memoria. No se le escapó notar lo absurdo de su reacción. Pero entendió que se había trasladado a un mundo paralelo al que respeta la razón y la lógica, y que no podía regresar. Se sentía como ingrávido, flotando en el espacio.


Lo llevaron a un edificio gris, grande, sólido y sin pretensiones de elegancia ni buen gusto. Evidentemente era una dependencia de algún servicio público. Le extrañó el no haber reparado nunca en él, pese a que estaba en la ruta que él seguía todos los días, cuando se desplazaba hacia su trabajo.


El hombre ante el cual fue conducido, parecía un burócrata como tantos otros. Cansado y aburrido de antemano al iniciar la jornada del día; que seguramente sería igual a la del día anterior, y a las de todo el año. Trató de ser amable cuando le dijo a modo de explicación:


―No debe preocuparse. Tenemos en marcha un programa de salud nacional, para efectos de diagnóstico y eventual prevención, que contempla exámenes exhaustivos a una muestra de personas como Ud., escogidas al azar. Los exámenes son de muy alto costo por su sofisticación y detalle. Por tal razón, todos los gastos que signifique su estadía aquí serán cubiertos por el Ministerio a cargo del programa. Sólo le pedimos a Ud. su cooperación con el programa. ¿Le parece bien? De acuerdo ―se apresuró a decir, sin esperar respuesta de su interlocutor―. A propósito, ya conversamos con la superioridad de su empresa. Están informados y conformes. Su sueldo le será pagado sin descuentos, aún en el caso en que deba estar con nosotros algunos días y no vaya a trabajar. Al fin del programa le entregaremos un certificado con los resultados de los exámenes, los cuales le pueden ser muy útiles en el futuro.


Antón Alekseich quedó con la sensación de que le estaban mintiendo. Que le ocultaban la verdad y que el objetivo de su detención era otro. Pues se sintió detenido, privado de libertad. Pero prefirió guardar silencio, pues no estaba del todo seguro de su situación. Tal vez alguna persona de su oficina había informado a esa gente sobre su mancha escarlata, y ellos habían decidido investigar. Pero, a lo mejor era verdad lo del programa y él saldría beneficiado. Además él sabía que tenía esa mancha escarlata. Si se ponía a hablar sobre ella podría terminar complicándolo todo. Era mejor esperar el curso de los acontecimientos. Las cosas a veces, con un poco de buena suerte, se aclaran solas.


Lo llevaron a una pieza de hospital limpia y pulcra, pintada de color verde. A los pies de la cama de sábanas blancas había una frazada roja. Lo hicieron desnudarse y vestirse con una bata color naranja. No supo por qué, pero se le ocurrió que ese color aseguraba su visibilidad a todo evento, en caso de algún intento suyo de fuga del lugar. En el pecho y espalda lucía un parche con un número de identificación, que le recordó los que llevan los automóviles en sus placas de matrícula. Lo hicieron acostarse. Cada cierto tiempo entraba a la pieza un auxiliar médico que le examinaba alguna parte de su cuerpo, anotando el resultado en un formulario. Pero nadie le preguntó por la mancha escarlata.


Pasaron horas incontables. Antón Alekseich se dedicó a ubicar las cambiantes posiciones de su mancha. A veces permanecía varias horas en el mismo lugar. Otras veces sólo segundos. Se desplazaba caprichosamente por todo su cuerpo. Le hubiese gustado saber si podía llegar a aparecer en un diente.


Notó que su tonalidad escarlata era variable, a veces era más clara; otras, algo más oscura. En algunos momentos tuvo la impresión de que ella trataba de comunicarse con él. Entonces, comenzó a hablarle. Tal vez podían llegar a ser buenos amigos. A fin de cuentas era huésped suyo.


La conversación con la mancha lo relajó un tanto. Hasta hubo momentos en que lo sacudió una risa nerviosa. Pero la mancha pareció cambiar de actitud, mostrándose ahora reservada, distante. Antón se sintió nuevamente lleno de temor, de un temor acompañado de dolores viscerales.


Perdió la noción del tiempo, y comenzó a desvariar. La mancha escarlata llenaba su mente en forma obsesiva y total, y una angustia irracional lo dominaba por completo. Siempre era solo una. Sin saber por qué descartó que hubiese otras, o que éstas se multiplicasen. Él llevaba la única mancha escarlata del universo. En algún momento llegó a sentirlo con orgullo, sin entender por qué, ya que esa exclusividad lo aterraba.


Ahora sólo deseaba ver lo que vendría a continuación. Si lograse escapar de esa situación. ¡Huir! Era lo que más deseaba. ¡Lejos, muy lejos! Algo le decía que ello ocurriría en cualquier momento. La mancha lo induciría, era lógico imaginar que estaba ocupada de ello. Se notaba que ella tampoco se sentía a gusto en ese lugar. Pero, ¿qué pasaría con ella? ¿Lo dejaría ir libre, o sería su compañera inseparable? Sintió que lo llenaban curiosidad y temores oscuros. Esperó.


Más tarde, en un acto inconsciente se cubrió completamente con la frazada.


Por fin lo había logrado, ahora estaba bajo la mancha. Se sintió cómodo, acogido y confundido con ella, casi como si fuese o se estuviese transformando en una de sus partes. Miró a su alrededor, y se sintió familiarizado con ese entorno desconocido e indescriptible. Le llegaban respuestas, que él no entendía ahora, pero sabía que más tarde las comprendería. Nuevamente, se puso a conversar con la mancha, en voz baja, con susurros. A veces tarareaba alguna melodía olvidada. Se acordó de cuando era niño y tuvo sarampión, y se llenó de manchas rojas. Esta vez, la mancha parecía escucharlo con simpatía. Como si ahora fuesen amigos.


Finalmente, llegó el momento que esperaba, que sabía tenía que llegar. Entonces, dio el último paso: se encogió adoptando una posición fetal, se acomodó, y esperó su disolución en el nuevo mundo que lo acogía.

Autor: Patricio Patrickson
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