Cuento perteneciente a Patricio Patrickson, integrante de Literus.
Este cuento obtuvo el Segundo Lugar, Género Cuento, en el Concurso Literario para Adultos Mayores. Municipalidad de Las Condes. Noviembre 2000.
La publicación de este cuento en este Blog, cuenta con la autorización del autor.
(Reg.Prop. intelectual nº 182 805 - ISBN: 978-956-332-159-3).
La mancha escarlata.
Antón Alekseich se levantó temprano, como todos los días. En el baño, mientras se afeitaba, notó que tenía una pequeña mancha escarlata en su mejilla derecha. No le dio importancia, pero cuando terminó de afeitarse observó desconcertado que la mancha aparecía ahora en su mejilla izquierda. Eso lo hizo dudar de su primera percepción.
Mientras desayunaba, observó que en su pulgar izquierdo tenía una especie de lunar pequeño, justo sobre la uña, de color rojizo. Podría decirse de color escarlata.
―Esto es lo último que faltaba ―murmuró con un dejo de contrariedad―. Ahora parece que estoy apestado.
Llevado por un súbito impulso, se dirigió al baño para mirarse la cara. Pero el espejo le devolvió una imagen como la de todos los días, sin nada en particular. Tenía la cara normal, sin mancha alguna.
―Debo estar medio demente, viendo visiones ―se dijo para sí.
Pero quedó preocupado. Tuvo la sensación de que algo se estaba gestando. Algo desconocido, sobre lo que no podía ejercer control alguno. Había que esperar. Pero, ¿esperar qué cosa? ¿Una crisis que definiera la situación, forzando un curso de acción? Tal vez. Él se consideraba hombre de acción y no le gustaba seguir pasivamente el curso de los acontecimientos. Prefería dirigirlos. O a lo menos, participar en su evolución y desenlace. Pero aquí sentía que no podía hacer nada. Ni siquiera tenía certeza de la existencia de las manchas. Se miró la mano, fijándose en el pulgar. No tenía nada. La mano estaba limpia. Regresó al baño, a mirarse en el espejo. Tenía una mancha escarlata sobre un párpado. El párpado del ojo derecho.
Decidió desentenderse del asunto. A lo mejor era reflejo o consecuencia de su estado nervioso. Había trabajado muy duro durante todo el año, y sabía que necesitaba un descanso. Pero ello, por ahora, no se veía posible. De modo que tendría que administrar la crisis con las reservas que le quedasen. Suspiró tratando de resignarse.
En la oficina no le dijeron nada. Pero eso no lo tranquilizó. Intuía que tenía algo y que ello probablemente sería observado por más de alguien. En una ocasión le pareció que la secretaria de su jefe quiso decirle algo, pero tuvo la sensación de que en el último momento prefirió callar, haciendo un comentario intrascendente. También le llamó la atención que el chistoso de la oficina le preguntase si ahora estaba usando tinta roja. Pero ese sujeto siempre hacía preguntas extrañas y esa podría ser otra más. De modo que optó por lucir una sonrisa neutra y responder que no.
Después de cenar su pollo frío con ensalada, se lavó y se miró en el espejo. Observó que tenía una mancha escarlata en el blanco del ojo izquierdo. Un estremecimiento lo hizo vacilar sobre sus pies. Empezó a preocuparse y a sentir síntomas de angustia. Tal vez estaba enfermo, y no era claro de qué. Nunca había oído hablar de manchas escarlatas que se desplazaban a lo largo del cuerpo. ¿Y si fuera una especie de larva que se desplazaba bajo la piel, parecida a las de la triquinosis? La perspectiva de una enfermedad así era definitivamente perturbadora. Pero a lo mejor era otra cosa. En todo caso, no sentía ningún dolor ni molestia en el lugar en que aparecía la mancha.
Se acostó y poco después se sumergió en un estado de sopor intranquilo, alternado por etapas de vigilia y ensoñación, en que se sueña o piensa lo mismo estando dormido o despierto. Atravesó espacios inexplorados y entró un mundo de color escarlata. Vagó sin rumbo y en un cierto momento se encontró obsesionado intentando descubrir qué hay debajo de una mancha. Cogió una entre sus dedos y trató de voltearla sin éxito para observar su parte inferior. Luego sintió la urgencia de averiguar qué había dentro de ella. Curiosamente parecía que nadie se había hecho antes esa pregunta. Era un tema por investigar. Pero la mancha, en un momento de descuido suyo, muy breve, logró escapar. No supo si se había sumergido en su mano o simplemente desaparecido.
Se despertó lleno de dudas. Era hora de levantarse para dirigirse al trabajo.
Se asomó a la ventana para mirar cómo venía el día que se iniciaba. Era un acto rutinario aprendido de su padre ―quien solía afirmar que los días hermosos y tristes se anuncian desde la madrugada―. Le llamó la atención ver estacionado frente a la puerta del edificio de su departamento, a un vehículo blanco, parecido a una ambulancia, con dos hombres en su interior, vestidos de blanco, pero con más aspecto de choferes de automóvil de personaje importante que de personal médico auxiliar. Un oscuro presentimiento se le anidó en el cerebro.
A las siete, sintió sonar el timbre. Acababa de terminar su desayuno. Eran los hombres del furgón. Con amabilidad le preguntaron si él era el señor Alekseich, aunque era evidente que estaban absolutamente seguros de que se trataba de él en persona. Ello lo inquietó. ¿Qué podría estar pasando? Le solicitaron les acompañase a un lugar ―que en su turbación no atinó a identificar―, para hacerle unas preguntas de rutina. Parecían indiferentes y no estar interesados en él.
―No, será algo corto. Se desocupará a tiempo para llegar a su oficina a la misma hora de siempre.
Pidió un par de minutos para ir al baño y luego ponerse una chaqueta.
―Por supuesto, salga como de costumbre. No queremos que se incomode.
Al mirarse en el espejo vio que tenía una mancha escarlata en la frente, junto a la sien derecha. ¿Y si lo retenían en ese lugar desconocido? ¿Y si lo declaraban apestado y lo encerraban en una pieza de hospital para casos anómalos? Descubrió que temblaba y lo dominaba una angustia que nunca antes había experimentado, y le hacía sentir su piel como la de las babosas: fría, húmeda, pegajosa. Notó que las fuerzas le flaqueaban. También sintió deseos de huir. Lejos, muy lejos. A un lugar al que no le llegaran recuerdos, sin memoria. No se le escapó notar lo absurdo de su reacción. Pero entendió que se había trasladado a un mundo paralelo al que respeta la razón y la lógica, y que no podía regresar. Se sentía como ingrávido, flotando en el espacio.
Lo llevaron a un edificio gris, grande, sólido y sin pretensiones de elegancia ni buen gusto. Evidentemente era una dependencia de algún servicio público. Le extrañó el no haber reparado nunca en él, pese a que estaba en la ruta que él seguía todos los días, cuando se desplazaba hacia su trabajo.
El hombre ante el cual fue conducido, parecía un burócrata como tantos otros. Cansado y aburrido de antemano al iniciar la jornada del día; que seguramente sería igual a la del día anterior, y a las de todo el año. Trató de ser amable cuando le dijo a modo de explicación:
―No debe preocuparse. Tenemos en marcha un programa de salud nacional, para efectos de diagnóstico y eventual prevención, que contempla exámenes exhaustivos a una muestra de personas como Ud., escogidas al azar. Los exámenes son de muy alto costo por su sofisticación y detalle. Por tal razón, todos los gastos que signifique su estadía aquí serán cubiertos por el Ministerio a cargo del programa. Sólo le pedimos a Ud. su cooperación con el programa. ¿Le parece bien? De acuerdo ―se apresuró a decir, sin esperar respuesta de su interlocutor―. A propósito, ya conversamos con la superioridad de su empresa. Están informados y conformes. Su sueldo le será pagado sin descuentos, aún en el caso en que deba estar con nosotros algunos días y no vaya a trabajar. Al fin del programa le entregaremos un certificado con los resultados de los exámenes, los cuales le pueden ser muy útiles en el futuro.
Antón Alekseich quedó con la sensación de que le estaban mintiendo. Que le ocultaban la verdad y que el objetivo de su detención era otro. Pues se sintió detenido, privado de libertad. Pero prefirió guardar silencio, pues no estaba del todo seguro de su situación. Tal vez alguna persona de su oficina había informado a esa gente sobre su mancha escarlata, y ellos habían decidido investigar. Pero, a lo mejor era verdad lo del programa y él saldría beneficiado. Además él sabía que tenía esa mancha escarlata. Si se ponía a hablar sobre ella podría terminar complicándolo todo. Era mejor esperar el curso de los acontecimientos. Las cosas a veces, con un poco de buena suerte, se aclaran solas.
Lo llevaron a una pieza de hospital limpia y pulcra, pintada de color verde. A los pies de la cama de sábanas blancas había una frazada roja. Lo hicieron desnudarse y vestirse con una bata color naranja. No supo por qué, pero se le ocurrió que ese color aseguraba su visibilidad a todo evento, en caso de algún intento suyo de fuga del lugar. En el pecho y espalda lucía un parche con un número de identificación, que le recordó los que llevan los automóviles en sus placas de matrícula. Lo hicieron acostarse. Cada cierto tiempo entraba a la pieza un auxiliar médico que le examinaba alguna parte de su cuerpo, anotando el resultado en un formulario. Pero nadie le preguntó por la mancha escarlata.
Pasaron horas incontables. Antón Alekseich se dedicó a ubicar las cambiantes posiciones de su mancha. A veces permanecía varias horas en el mismo lugar. Otras veces sólo segundos. Se desplazaba caprichosamente por todo su cuerpo. Le hubiese gustado saber si podía llegar a aparecer en un diente.
Notó que su tonalidad escarlata era variable, a veces era más clara; otras, algo más oscura. En algunos momentos tuvo la impresión de que ella trataba de comunicarse con él. Entonces, comenzó a hablarle. Tal vez podían llegar a ser buenos amigos. A fin de cuentas era huésped suyo.
La conversación con la mancha lo relajó un tanto. Hasta hubo momentos en que lo sacudió una risa nerviosa. Pero la mancha pareció cambiar de actitud, mostrándose ahora reservada, distante. Antón se sintió nuevamente lleno de temor, de un temor acompañado de dolores viscerales.
Perdió la noción del tiempo, y comenzó a desvariar. La mancha escarlata llenaba su mente en forma obsesiva y total, y una angustia irracional lo dominaba por completo. Siempre era solo una. Sin saber por qué descartó que hubiese otras, o que éstas se multiplicasen. Él llevaba la única mancha escarlata del universo. En algún momento llegó a sentirlo con orgullo, sin entender por qué, ya que esa exclusividad lo aterraba.
Ahora sólo deseaba ver lo que vendría a continuación. Si lograse escapar de esa situación. ¡Huir! Era lo que más deseaba. ¡Lejos, muy lejos! Algo le decía que ello ocurriría en cualquier momento. La mancha lo induciría, era lógico imaginar que estaba ocupada de ello. Se notaba que ella tampoco se sentía a gusto en ese lugar. Pero, ¿qué pasaría con ella? ¿Lo dejaría ir libre, o sería su compañera inseparable? Sintió que lo llenaban curiosidad y temores oscuros. Esperó.
Más tarde, en un acto inconsciente se cubrió completamente con la frazada.
Por fin lo había logrado, ahora estaba bajo la mancha. Se sintió cómodo, acogido y confundido con ella, casi como si fuese o se estuviese transformando en una de sus partes. Miró a su alrededor, y se sintió familiarizado con ese entorno desconocido e indescriptible. Le llegaban respuestas, que él no entendía ahora, pero sabía que más tarde las comprendería. Nuevamente, se puso a conversar con la mancha, en voz baja, con susurros. A veces tarareaba alguna melodía olvidada. Se acordó de cuando era niño y tuvo sarampión, y se llenó de manchas rojas. Esta vez, la mancha parecía escucharlo con simpatía. Como si ahora fuesen amigos.
Finalmente, llegó el momento que esperaba, que sabía tenía que llegar. Entonces, dio el último paso: se encogió adoptando una posición fetal, se acomodó, y esperó su disolución en el nuevo mundo que lo acogía.
Autor: Patricio Patrickson
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